Archivo · Cocina porteña

Los dos Gramajo

Como buena leyenda porteña, el revuelto tiene más de un padre. Dos hombres del mismo apellido se disputan el origen: uno de uniforme, el otro de galera.

Una línea de tiempo

Arrastrá o deslizá para recorrer los dos orígenes.

1880s

Artemio Gramajo

Edecán del general Julio Argentino Roca. Cuenta la tradición que pedía este revuelto rápido y contundente en las campañas y comidas de oficiales. La papa paille y el huevo resolvían un plato sabroso con lo que había a mano.

1900s

Arturo Gramajo

Dandy porteño de la Belle Époque, hombre de clubes y buena vida. La otra versión lo señala como el bautista del plato en los ambientes elegantes de Buenos Aires, donde el revuelto pasó de capricho de sobremesa a nombre propio.

Hoy

Del club al bodegón

Sea cual sea el Gramajo verdadero, el plato hizo el mismo viaje: bajó de los salones aristocráticos a las mesas de mármol del bodegón, y ahí se quedó. Hoy es patrimonio de todos los porteños.

La disputa

El origen en disputa

“El apellido quedó en el plato. El nombre de pila, en discusión.”

No hay acta de nacimiento del revuelto. Hay dos Gramajo, un puñado de anécdotas y una certeza: en algún momento entre fines del siglo XIX y principios del XX, alguien juntó papas paille, jamón y huevos, y le puso el apellido a la mezcla. El resto es historia de bodegón.

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Contexto

Del salón a la mesa de mármol

El revuelto Gramajo pertenece a esa familia de platos que nacieron arriba y se hicieron populares abajo. Como el matambre o los canelones de los domingos, empezó siendo un gusto de clase acomodada y terminó siendo comida de todos: rápida, rendidora y con carácter.

Su permanencia se explica por la receta misma. No necesita ingredientes caros ni técnica de escuela: papas, huevos, jamón y cebolla. Lo que lo vuelve especial es el orden —la papa al final, el huevo cremoso— más que la lista. Por eso sobrevivió más de un siglo sin cambiar.

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