Artemio Gramajo
Edecán del general Julio Argentino Roca. Cuenta la tradición que pedía este revuelto rápido y contundente en las campañas y comidas de oficiales. La papa paille y el huevo resolvían un plato sabroso con lo que había a mano.
Archivo · Cocina porteña
Como buena leyenda porteña, el revuelto tiene más de un padre. Dos hombres del mismo apellido se disputan el origen: uno de uniforme, el otro de galera.
Arrastrá o deslizá para recorrer los dos orígenes.
La disputa
“El apellido quedó en el plato. El nombre de pila, en discusión.”
No hay acta de nacimiento del revuelto. Hay dos Gramajo, un puñado de anécdotas y una certeza: en algún momento entre fines del siglo XIX y principios del XX, alguien juntó papas paille, jamón y huevos, y le puso el apellido a la mezcla. El resto es historia de bodegón.
Contexto
El revuelto Gramajo pertenece a esa familia de platos que nacieron arriba y se hicieron populares abajo. Como el matambre o los canelones de los domingos, empezó siendo un gusto de clase acomodada y terminó siendo comida de todos: rápida, rendidora y con carácter.
Su permanencia se explica por la receta misma. No necesita ingredientes caros ni técnica de escuela: papas, huevos, jamón y cebolla. Lo que lo vuelve especial es el orden —la papa al final, el huevo cremoso— más que la lista. Por eso sobrevivió más de un siglo sin cambiar.